domingo, 7 de septiembre de 2014

La tristeza, una llamada a la reflexión

Por María Pilar García Arroyo y David Álvaro Ortega





La tristeza es la emoción de la pérdida, de la toma de conciencia de una carencia o de una esperanza frustrada.





Aunque a ninguno nos gusta sentirnos tristes, la tristeza, como el resto de las emociones, no es negativa en sí misma, pues cumple una función primordial: nos ayuda al DESARROLLO, porque detecta la pérdida y nos permite encontrar el qué hacer ante la nueva situación, volver a la normalidad con energías renovadas.


Se convierte en disfuncional cuando se prolonga en el tiempo y en lugar de ayudarnos a resolver una situación nos lleva a la apatía e incluso a la depresión. También es disfuncional cuando no está asociada a una pérdida real y es la manifestación de otras emociones. Así, el fatalismo se relaciona con la tristeza por pérdidas anteriores no bien superadas y se asocia al miedo a seguir perdiendo personas o cosas que queremos. Este miedo entorpece la búsqueda de soluciones y alarga la tristeza hasta llevar al bloqueo: ¿para qué voy a hacer algo si al final todo sale mal?


Básicamente, la tristeza se traduce anímicamente en una reducción del metabolismo y un enlentecimiento del pensamiento que, además, se vuelve hacia el interior, dejando de preocuparse por el exterior. De esta forma, la persona triste se centra en sí misma, en sus emociones, en sus recuerdos y en los acontecimientos que le han ocurrido. La tristeza es una emoción relacionada con el pasado y, por tanto, la persona se vuelca en su vida anterior, en lo que tenía, y sufre por lo que siente que ha perdido.


La capacidad de atención hacia el exterior se encuentra muy disminuida, por lo que se ha determinado que la disminución del metabolismo que acompaña a la tristeza puede considerarse un mecanismo de defensa adicional: esta falta de empuje iba destinada a que las personas debilitadas no se alejaran de sus viviendas, donde estaban más seguras.

Un dicho muy popular dice que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que no lo perdemos. Y, justo en este momento, lo que surge es tristeza, desolación, ganas de volver al pasado y recuperar aquello que queríamos, incluso aunque no lo supiéramos.


Precisamente debido a esta capacidad de reflexión, de valorar lo que era importante en nuestra vida, es un buen momento para descubrir cuáles son los pilares en los que nos apoyamos, lo que merece la pena y lo que es mejor descartar. El momento de la pérdida puede servirnos para hacernos conscientes de nuestras prioridades y, a partir de ahí, diseñar una vida en la que estos valores se hagan conscientes y presentes.

Resumiendo, en palabras de Goleman, el gran maestro de la Inteligencia Emocional, “este encierro introspectivo nos brinda así la oportunidad de llorar una pérdida o una esperanza frustrada, sopesar sus consecuencias y planificar, cuando la energía retorna, un nuevo comienzo”.

Esta capacidad de buscar y encontrar soluciones es una de las diferencias más significativas entre tristeza y depresión. En un estado depresivo, el motivo de tristeza se convierte en obsesión, en pensamiento recurrente que carece de propósito resolutivo, de búsqueda de alternativas y solución, de capacidad de acción.


Por tanto, ante una pérdida importante, como puede ser la de un ser querido (bien por muerte o bien porque no sea posible continuar con la relación que existía) son preguntas útiles:

¿Qué aportaba esta persona a mi vida? ¿Cómo me hacía sentir? 
¿Qué aportaba yo a nuestra relación? ¿Cómo me hacía sentir? 
¿Qué es lo mejor que había en nuestra relación? 
¿Qué valores, importantes para mí, se ponían en marcha con esta relación? 
¿Cómo puedo continuar honrando estos valores?
¿Qué es lo que no me gustaba? ¿por qué? ¿qué me estaba indicando esto? 
 ¿Qué es lo que quiero presente en mi vida? ¿Qué prefiero descartar?


Estas preguntas serán útiles cuando nuestra mente esté preparada para contestar, cuando seamos capaces de reconocer y aceptar la pérdida. Tradicionalmente, se han establecido varias fases en el proceso de duelo (entendiendo como duelo tanto el que se da por el fallecimiento de una persona como por el fin de una relación). Estas fases no son consecutivas, sino que pueden solaparse, pero sirven para explicar de manera general cuál es la emoción que predomina y cómo resolver el dolor.


  1.Fase de shock y negación. La persona que acaba de recibir la información se intenta defender del impacto de la noticia, se enfrenta a una realidad que no logra comprender y que capta toda su atención. Experimenta sentimientos de pena y dolor, incredulidad y confusión absoluta. La persona se siente paralizada, con deseos de escapar de una realidad que no entiende. Algunas personas actúan como si no hubiera pasado nada. Esta etapa es sólo una defensa temporal del individuo. 
2. Ira. El enfado se hace dueño de la situación, que se vive como injusta y malvada. La ira puede dirigirse hacia la persona que se ha marchado y/o hacia uno mismo, transformándose en sentimiento de culpa, a  veces también la persona se siente enfadado con terceros a los que considera responsables de la pérdida. Este enfado puede resultar útil si sirve para proporcionar energía, se vuelve muy negativo cuando se asocia a deseos de venganza o de culpabilidad extrema. Es el momento de analizar el enfado y preguntarse sinceramente sobre la emoción que sentimos, si este enfado es secundario o es la emoción real. Si estoy enfadado de verdad, ¿qué me ha hecho enfadar? ¿Qué puedo hacer para salir de este enfado, para que cumpla su función?


3. Negociación. Es una etapa transitoria en la que, de alguna manera, se intenta volver al estado previo o, al menos, pactar con Dios o el Universo para que el dolor se vaya rápido. Cuando se trata de un duelo por el fin de una relación sentimental, es la etapa en la que se ofrecen todo tipo de promesas a cambio de la vuelta a la relación.

    4. Desesperanza y desorganización. El fin ha dejado de negarse y la tristeza es la emoción que predomina. Es habitual sentir desinterés hacia el exterior. Algunas personas reaccionan con abandono de sus actividades e incluso de sus relaciones. En otros casos, todo lo contrario, se inicia una actividad frenética y puesta en marcha de cambios radicales en la vida. Es un buen momento para comenzar a buscar en el interior la respuesta a las preguntas que antes formulábamos. 


 5. Aceptación. La reestructuración puede durar incluso algunos años. La persona toma conciencia de la pérdida, acepta el vacío y lo incorpora como una ausencia presente. Reaparece la paz y el sentido de vivir y se atenúan las emociones y sentimientos. Comienza a tener una visión más realista del ser perdido, sin idealizar tanto ni tener tan presentes los recuerdos que implican culpa o reproches. Tiene como consecuencia el establecimiento de nuevas relaciones, con los demás y con uno mismo.


Un último recurso que nos parece muy interesante para superar estados de tristeza es el AGRADECIMIENTO. Decimos que la tristeza es una emoción que se orienta hacia hechos del pasado y una buena manera de dejar este pasado y orientarnos al futuro es agradecer lo vivido, lo experimentado, lo aprendido. De esta manera, reconocemos en nuestra vida lo que la otra persona nos aportó y nos ayudó a crecer y nos preparamos para seguir haciéndolo en el futuro. No es necesario decírselo a la persona directamente, simplemente el hecho de reconocerlo ante nosotros mismos, mejor si lo escribimos, nos ayuda a ser consciente y nos facilita la despedida.